PERIÓDICO UNO SEIS

Periodismo libre 2.0

DOMINGO DE LECTURA 1: “La Seda”

©Un relato de: Juan Antonio Pizarro
 

En parte tenía que admitir que el caso no era tan vulgar.
Primero, esa forma de desaparecer, como Cenicienta, dejando tan sólo este foulard, de marca; quizá nada más que un olvido.
Creo, sin embargo, que no lo reclamará. Su despedida sonó como hasta nunca…
Aunque le caía bien.
Sin duda tendrá más, y como pista, a mí no me dice nada.
Y es lo único tangible, la única prueba de que no lo soñé; si no tuviera delante esta triste seda, dudaría eternamente.
Solo que su existencia lo hace todo más doloroso.
Debiera quemarlo, deshacerme de este testigo mudo, regalarlo, no sé…
(Regalarlo no es buena idea, porque podría volver a tropezármelo, sobre otro cuello)
Lo mejor es perderlo, olvidarlo intencionadamente en algún lugar donde no lo pueda recuperar. En cualquier lugar de paso. Una cafetería, un hotel…
En la estación: mejor en un tren del que no conozca el destino.
Subiré como para despedirme, poniendo atención en no ver las placas donde se indique el trayecto, entrar en cualquier vagón vacío, y dejarlo caer sobre cualquier asiento… y huir antes de que mi subconsciente recoja ningún dato que me pudiera reconducir ni siquiera remotamente, ni siquiera de forma imaginaria, a sus posibles andanzas.
Quien lo recoja, no intentará reintegrarlo: Su valor es muy relativo.
Sin duda caro, pero no lo suficiente como para considerarlo una apropiación indebida.
Su olor, el perfume mezclado con el olor de su piel, me sigue produciendo una gran excitación, aún después de tan larga noche…
Es el terciopelo de su cuello, de su nuca, el que exhalan sus senos…
Es su sonrisa, sus ojos brillantes por la seguridad de que me tenía subyugado. Es…
¡Es una ”n”!
¡Gótica o cirílica!
Realmente ahora me doy cuenta de que tenía un leve acento, muy sutil, algo apenas apreciable…
Una ene pintada sobre la seda, en una esquina, que no vi hasta ahora, por su situación, y su pequeño tamaño.
Habla quizá de un trabajo oriental,… o de un complemento de alta costura, de encargo.
¿Realmente tendría suficiente valor, material o sentimental, como para que ella volviera?
Interesadamente, me ocupé de que aceptara una tarjeta de visita, donde figuran mis datos personales.
Pero no la miró siquiera. Abrió su bolso y la dejó caer dentro, pero ni siquiera mi nombre quiso averiguar, en ese momento. Sus manos se ocuparon, de inmediato, con suavidad, en volver a tomar mi barbilla, para volver a depositar un beso corto sobre mis labios; para que me callara.
¿Dónde lo escondo, para que no lo vea la asistenta?
Esta noche, cuando vuelva del despacho, tomaré una decisión.
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Esta entrada fue publicada en 14/11/2010 por en CULTURA y etiquetada con , , , , , .
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